Drogas: el enemigo está en casa


Agencia Lider.-No es verdad que el fenómeno de la violencia derivada del narcotráfico se deba exclusivamente al consumo en Estados Unidos. Sí lo es que México está poniendo los muertos, pero el consumo que los provoca se encuentra tan presente de este lado como del otro de la frontera. A diferencia de lo que se ha dicho, hay muchas razones para el aumento del consumo en México y la existencia cada día mayor de drogas en todas las ciudades del país. Una de aquéllas es, paradójicamente, el éxito relativo de la política aplicada desde el inicio de esta administración: si se dificulta la entrada de droga a Estados Unidos, parte de la misma se debe comercializar en México porque las redes necesitan recursos para seguir operando y algunas de ellas ya se han especializado desde hace años exclusivamente en el mercado interno, que les resulta incluso más rentable, sobre todo si participan con partes pequeñas del negocio global. Sólo en la Ciudad de México existen unas 40 organizaciones dedicadas exclusivamente a ese negocio. Los grandes cárteles también se han enfocado en el consumo interno: hoy la mayor parte de los recursos que utilizan para mantener sus redes, pagar sobornos, corromper a autoridades y comprar protección proviene de esas redes dedicadas al consumo interno. Un caso paradigmático se dio hace unos años, cuando se descubrió que la célula que mantenía la relación del cártel del Golfo con Osiel Cárdenas, entonces preso en el penal de La Palma, en el Estado de México, se financiaba a través de la venta de cocaína en el DF: obtenían unos dos millones de dólares mensuales de utilidad. Con eso se pagaba todo el esquema de protección de Osiel Cárdenas.
A eso debe sumarse que el aprovisionamiento de cocaína, proveniente de Colombia y la región de Los Andes, sigue siendo amplio pero también se ha dificultado, ha disminuido, por los golpes que han recibido las FARC, los paramilitares, el cártel del Norte del Valle y el de Los Mellizos. Los cárteles mexicanos, como los colombianos, tienen sin embargo depósitos para garantizar el abasto de su mercado durante meses, pero éstos comienzan también a verse afectados. Ha cambiado además el patrón de consumo: en Estados Unidos está disminuyendo el de cocaína, aunque sea en porcentajes pequeños, y se ha incrementado el de drogas sintéticas, derivadas de las metanfetaminas. Y esa tendencia es irreversible: las drogas de moda son las sintéticas, que los jóvenes estadunidenses consideran (erróneamente) más “sociales” y menos dañinas. Para traficar con ellas, recordemos el caso de Zhenli Ye Gon, se requieren redes diferentes de las tradicionales, y en buena medida esas drogas están llegando directamente de China e India a Estados Unidos, sin necesidad de pasar por México, aunque aún exista un tráfico importante de la misma, entre otras razones porque es mucho más difícil su identificación y existen sectores que la siguen considerando menos nociva. Finalmente, en donde existe un auge real en el consumo de cocaína es en Europa, más en España e Italia, pero allí la droga llega sobre todo directamente de Colombia a través de sus redes asentadas en Brasil, Venezuela y Argentina. Es más largo, peligroso y costoso enviar la droga a México, para trasladarla luego a Europa, y los sistemas de control en nuestro país son más estrictos que en las naciones sudamericanas. Entonces, todo confluye para el crecimiento de la oferta en México. La violencia que vivimos está relacionada íntimamente con el tráfico de drogas a Estados Unidos, pero también por la lucha en pos del mercado interno. Los cárteles y los grupos más pequeños se ven en la obligación de controlar mayores territorios, como lo comentamos en El enemigo en casa, drogas y narcomenudeo en México (Taurus, 2008), porque se debe mantener la producción de mariguana y amapola para conservar las utilidades, pero también los espacios de narcomenudeo. Aún se consume mucha mariguana en México y se puede exportar mucha a Estados Unidos. La heroína tiene un mercado estable en ese país y existe un gran volumen de cocaína que debe ser distribuida aquí, lo que incrementa el mercado interno y el consumo.
Ese fenómeno agudiza la violencia, porque no sólo se está tratando de asegurar los puntos de entrada de la droga a México (que incluyen los litorales, mas también la frontera con Guatemala y Belice) y los espacios clave de la que hay con Estados Unidos, sino también los puntos de consumo interno que permiten mantener operando esas redes. En buena medida, lo que tenemos en estos días es una lucha brutal entre el cártel de los Beltrán Leyva, aliado ahora con Vicente Carrillo en Ciudad Juárez y Los Zetas en Tamaulipas, por controlar toda la frontera norte, mientras que buena parte de la sur es dominada históricamente por los grupos de sus ahora adversarios del cártel de Sinaloa. Sin embargo, muchos de los asesinatos que se han producido en la Ciudad de México, Acapulco y Monterrey se derivan de los enfrentamientos por espacios internos de consumo y buena parte de la corrupción policial proviene de esos grupos.
La droga se queda cada vez más en México y cada vez más es “de mexicanos para mexicanos”, como decía Proceso la semana pasada. Si no se parte de que la lucha contra el narcotráfico nace de una necesidad, de una exigencia interna, y que es el núcleo que puede soldificar a los diferentes sectores, se confunden los objetivos y el mensaje. Casi tanto como si no comprendemos que, en ese marco, el combate para que tenga éxito debe ser global, asumido por más de un país, y en nuestro caso eso pasa, sobre todo, por la colaboración con Colombia, las naciones de Centroamérica y Estados Unidos. Por lo pronto, se debe haber registrado el error de la semana pasada porque el domingo el presidente Calderón ratificó que no habrá cambio de estrategia en la lucha contra el narcotráfico.


Agencia Lider.-No es verdad que el fenómeno de la violencia derivada del narcotráfico se deba exclusivamente al consumo en Estados Unidos. Sí lo es que México está poniendo los muertos, pero el consumo que los provoca se encuentra tan presente de este lado como del otro de la frontera. A diferencia de lo que se ha dicho, hay muchas razones para el aumento del consumo en México y la existencia cada día mayor de drogas en todas las ciudades del país. Una de aquéllas es, paradójicamente, el éxito relativo de la política aplicada desde el inicio de esta administración: si se dificulta la entrada de droga a Estados Unidos, parte de la misma se debe comercializar en México porque las redes necesitan recursos para seguir operando y algunas de ellas ya se han especializado desde hace años exclusivamente en el mercado interno, que les resulta incluso más rentable, sobre todo si participan con partes pequeñas del negocio global. Sólo en la Ciudad de México existen unas 40 organizaciones dedicadas exclusivamente a ese negocio. Los grandes cárteles también se han enfocado en el consumo interno: hoy la mayor parte de los recursos que utilizan para mantener sus redes, pagar sobornos, corromper a autoridades y comprar protección proviene de esas redes dedicadas al consumo interno. Un caso paradigmático se dio hace unos años, cuando se descubrió que la célula que mantenía la relación del cártel del Golfo con Osiel Cárdenas, entonces preso en el penal de La Palma, en el Estado de México, se financiaba a través de la venta de cocaína en el DF: obtenían unos dos millones de dólares mensuales de utilidad. Con eso se pagaba todo el esquema de protección de Osiel Cárdenas.
A eso debe sumarse que el aprovisionamiento de cocaína, proveniente de Colombia y la región de Los Andes, sigue siendo amplio pero también se ha dificultado, ha disminuido, por los golpes que han recibido las FARC, los paramilitares, el cártel del Norte del Valle y el de Los Mellizos. Los cárteles mexicanos, como los colombianos, tienen sin embargo depósitos para garantizar el abasto de su mercado durante meses, pero éstos comienzan también a verse afectados. Ha cambiado además el patrón de consumo: en Estados Unidos está disminuyendo el de cocaína, aunque sea en porcentajes pequeños, y se ha incrementado el de drogas sintéticas, derivadas de las metanfetaminas. Y esa tendencia es irreversible: las drogas de moda son las sintéticas, que los jóvenes estadunidenses consideran (erróneamente) más “sociales” y menos dañinas. Para traficar con ellas, recordemos el caso de Zhenli Ye Gon, se requieren redes diferentes de las tradicionales, y en buena medida esas drogas están llegando directamente de China e India a Estados Unidos, sin necesidad de pasar por México, aunque aún exista un tráfico importante de la misma, entre otras razones porque es mucho más difícil su identificación y existen sectores que la siguen considerando menos nociva. Finalmente, en donde existe un auge real en el consumo de cocaína es en Europa, más en España e Italia, pero allí la droga llega sobre todo directamente de Colombia a través de sus redes asentadas en Brasil, Venezuela y Argentina. Es más largo, peligroso y costoso enviar la droga a México, para trasladarla luego a Europa, y los sistemas de control en nuestro país son más estrictos que en las naciones sudamericanas. Entonces, todo confluye para el crecimiento de la oferta en México. La violencia que vivimos está relacionada íntimamente con el tráfico de drogas a Estados Unidos, pero también por la lucha en pos del mercado interno. Los cárteles y los grupos más pequeños se ven en la obligación de controlar mayores territorios, como lo comentamos en El enemigo en casa, drogas y narcomenudeo en México (Taurus, 2008), porque se debe mantener la producción de mariguana y amapola para conservar las utilidades, pero también los espacios de narcomenudeo. Aún se consume mucha mariguana en México y se puede exportar mucha a Estados Unidos. La heroína tiene un mercado estable en ese país y existe un gran volumen de cocaína que debe ser distribuida aquí, lo que incrementa el mercado interno y el consumo.
Ese fenómeno agudiza la violencia, porque no sólo se está tratando de asegurar los puntos de entrada de la droga a México (que incluyen los litorales, mas también la frontera con Guatemala y Belice) y los espacios clave de la que hay con Estados Unidos, sino también los puntos de consumo interno que permiten mantener operando esas redes. En buena medida, lo que tenemos en estos días es una lucha brutal entre el cártel de los Beltrán Leyva, aliado ahora con Vicente Carrillo en Ciudad Juárez y Los Zetas en Tamaulipas, por controlar toda la frontera norte, mientras que buena parte de la sur es dominada históricamente por los grupos de sus ahora adversarios del cártel de Sinaloa. Sin embargo, muchos de los asesinatos que se han producido en la Ciudad de México, Acapulco y Monterrey se derivan de los enfrentamientos por espacios internos de consumo y buena parte de la corrupción policial proviene de esos grupos.
La droga se queda cada vez más en México y cada vez más es “de mexicanos para mexicanos”, como decía Proceso la semana pasada. Si no se parte de que la lucha contra el narcotráfico nace de una necesidad, de una exigencia interna, y que es el núcleo que puede soldificar a los diferentes sectores, se confunden los objetivos y el mensaje. Casi tanto como si no comprendemos que, en ese marco, el combate para que tenga éxito debe ser global, asumido por más de un país, y en nuestro caso eso pasa, sobre todo, por la colaboración con Colombia, las naciones de Centroamérica y Estados Unidos. Por lo pronto, se debe haber registrado el error de la semana pasada porque el domingo el presidente Calderón ratificó que no habrá cambio de estrategia en la lucha contra el narcotráfico.




